Después de siete años he vuelto a la carne. Todavía me acuerdo del asado donde decidí convertirme en vegetariana. Era una parrillada a la chilena, en el patio de un amigo, en Santiago. El carbón lanzaba llamaradas de vez en cuando, las que hacían que las longanizas -versión local de las sausages que ahora como en Nueva York- soltaran jugo e hicieran el mismo sonido que globos desinflándose. Al lado de las longanizas se asaban unas pechugas de pollo y un par de lomos vetados, uno de los cortes favoritos de los carnívoros de mi tierra. En ese asado decidí dejar de comer carne. Por ninguna razón en especial. Ni por amor a los animales -que sí tengo- ni por salud. Simplemente ya no quería más. Y paré. Siete años después, ya viviendo en Nueva York y con novio argentino de por medio, volví. Felizmente volví.
El momento del regreso fue otro asado. Esta vez el escenario fue una cabaña en Upstate, al final de los Catskills, casi cinco horas al noroeste de la ciudad. Mi novio decidió hacer un asado a la argentina para los amigos. Yo iba a comer sólo las ensaladas, pero con el paso de las horas y de las brasas fui cambiando de opinión. Lo primero que me cautivó fue el olor a la madera de cerezo quemándose en la fogata. Luego de una hora, fue el olor del solomillo -el sirloin de los gringos- el que se me metió en la cabeza. De pronto, casi sin darme cuenta, ya tenía un trozo en mi tenedor. Luego en la boca. Entonces solo quedó aceptar que ya estaba de vuelta. Que era tiempo de volver a comer carne.
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